Cuando me fui de casa de mis padres me compré una guitarra, estuve mucho tiempo intentando tocar una canción, pero no lo conseguí, así que con bastante tristeza aparqué la guitarra en una de las esquinas de mi cuarto… No hace mucho, una mañana de Julio se me ocurrió que tal vez si el instrumento tenía menos cuerdas conseguiría hacer que sonara. Así que me fui a una tienda de música (yo creo que se notaba perfectamente que no tenía ni idea de lo que me estaban contando) y pedí una guitarra de esas pequeñitas, de esas que tienen menos cuerdas 😉 y me dieron un Ukelele.  ¡Será que a veces son las pequeñas cosas las que le hacen a uno más feliz!